Cuando se habla del misterio Fulcanelli, hay una figura que provoca casi tantas discusiones como el propio alquimista: Eugène Canseliet.
Discípulo, editor, colaborador y, durante décadas, único portavoz de Fulcanelli, Canseliet dejó tras de sí una enorme cantidad de artículos, entrevistas, prólogos y comentarios. Sin embargo, existe un problema que ha perseguido a generaciones de investigadores: muchas veces parece contradecirse.
Unos creen que ocultó deliberadamente la verdad. Otros consideran que inventó episodios enteros. Algunos incluso llegan a afirmar que modificó los hechos según le convenía.
Pero ¿y si el problema no fuera que Canseliet mintiera?
¿Y si simplemente estamos leyendo sus palabras de forma equivocada?
El guardián del mito
La escritora Geneviève Dubois definió a Canseliet con una expresión especialmente acertada: el guardián del mito.
Y realmente fue eso durante toda su vida.
Mientras otros investigadores buscaban desesperadamente la identidad de Fulcanelli, él parecía moverse en dirección contraria. No negaba nada, pero tampoco confirmaba nada. En lugar de respuestas directas, ofrecía alusiones, dobles sentidos y relatos ambiguos.
Sus textos parecen escritos por alguien que desea contar algo y ocultarlo al mismo tiempo.
La cuestión es que, cuando se leen cronológicamente, se descubre un hecho sorprendente: muchas de las aparentes contradicciones desaparecen.
Un primer ejemplo
Uno de los casos más conocidos es una dedicatoria realizada por Canseliet a Jules Boucher.
En ella afirmaba que Boucher era quien mejor podía juzgar la oculta personalidad de Fulcanelli.
A Jules Boucher, amigo en común de Champagne y mío, al hermetista que, mejor que nadie, puede juzgar con precisión la personalidad oculta de Fulcanelli. Muy cordialmente, E. Canseliet.
Durante años, numerosos investigadores interpretaron estas palabras como una prueba de que Jules Boucher conocía la verdadera identidad del maestro.
La conclusión parecía evidente.
Sin embargo, años más tarde, el propio Canseliet aclaró el asunto.
Mejor que nadie en efecto, [Jules Boucher] podía exactamente juzgar la secreta personalidad de Fulcanelli, por la
principal razon de que él a menudo escuchaba hablar de Fulcanelli, sin tener
nunca el privilegio de que se lo hayan presentado.
Lo que había querido decir era exactamente lo contrario.
Boucher podía juzgar lo oculto de la personalidad de Fulcanelli porque había oído hablar muchas veces de él, pero jamás había tenido el privilegio de conocerlo personalmente.
Es decir, el texto parecía afirmar una cosa, pero leído con precisión decía otra muy distinta.
El secreto de la «clave del arcano mayor»
Existe otro ejemplo todavía más llamativo.
En el famoso prólogo de El Misterio de las Catedrales, Canseliet escribió que conocía la clave del Arcano Mayor porque Fulcanelli se la había indicado años antes.
Sé, no por haberlo descubierto yo mismo, sino porque el autor me lo
afirmó, hace más de diez años, que la llave del arcano mayor ha sido dada, sin
la menor ficción, por una de las figuras que ilustran la presente obra. Y esta
llave consiste sencillamente en un color, manifestado al artesano desde el
primer trabajo. Ningún filósofo, que yo sepa, descubrió la importancia de este
punto esencial. Al revelarlo yo, cumplo la última voluntad de Fulcanelli y sigo
el dictado de mi conciencia.
Muchos lectores interpretaron que el maestro le había revelado directamente el gran secreto de la alquimia.
La afirmación parecía extraordinaria.
Pero cuando se examina cuidadosamente el texto, se observa que Canseliet nunca afirma haber recibido tal revelación.
Lo único que dice es que Fulcanelli le aseguró que dicha clave estaba presente en una de las figuras de la obra. Décadas después tuvo que aclarar expresamente que el maestro no le había explicado nada más.
En cuanto a este último punto, sin duda es bueno que recordemos el
pasaje del prefacio que escribimos, en el otoño de 1925, para la primera
edición, de Jean Schemit, del Misterio de las Catedrales, y que el Maestro
aprobó sin reservas:
Sé, no por haberlo descubierto yo mismo, (…) la última voluntad de
Fulcanelli y sigo el dictado de mi conciencia.
El Maestro, por desgracia, no nos dijo nada más, y la indicación parecía tan críptica que no dudamos que deberíamos leer mucho antes de tener una comprensión perfecta.
De nuevo encontramos el mismo mecanismo.
El lector apresurado entiende una cosa.
El texto, en realidad, dice otra.
El método Canseliet
Después de revisar cientos de páginas de sus escritos, empieza a aparecer un patrón.
Canseliet no solía mentir.
Tampoco decía toda la verdad.
Prefería construir frases que admitieran dos lecturas simultáneas.
La primera lectura estaba destinada al público general.
La segunda quedaba reservada para quien estuviera dispuesto a comparar versiones distintas del mismo relato, estudiar los cambios introducidos con el paso de los años y analizar cuidadosamente cada palabra.
No es casualidad que relatara algunas historias en cinco, seis o incluso más versiones diferentes.
Lejos de ser un defecto, quizás ahí reside la clave de su método.
¿Por qué escribía así?
Porque tenía un problema imposible de resolver.
Quería hablar de Fulcanelli, pero no quería revelarlo.
Necesitaba conservar el misterio y, al mismo tiempo, dejar pistas. Necesitaba recordar a su maestro sin traicionar el compromiso de silencio que había asumido.
Por eso sus escritos se parecen menos a unas memorias y más a un laberinto.
Cada texto aporta una pieza. Cada rectificación aclara otra. Cada aparente contradicción obliga al investigador a volver atrás y releer.
Una pregunta incómoda
Y aquí surge una cuestión que merece reflexión.
Si Canseliet utilizó constantemente este sistema de ambigüedades, dobles sentidos y matizaciones posteriores, ¿cuántas conclusiones aceptadas actualmente sobre Fulcanelli se basan en una lectura excesivamente literal de sus palabras?
Quizá muchas.
Quizá demasiadas.
Conclusión
Durante décadas se ha acusado a Eugène Canseliet de confundir deliberadamente a los investigadores.
Probablemente sea cierto.
Pero no necesariamente mediante la mentira.
Tal vez utilizó una estrategia mucho más sofisticada: decir la verdad de forma que sólo pudiera reconocerse después de mucho tiempo.
Y quizá por eso, más de un siglo después, seguimos discutiendo quién fue realmente Fulcanelli.
Porque el guardián del misterio nunca cerró la puerta.
Simplemente la dejó entreabierta.