11.6.26

Canseliet, el traductor de Fulcanelli

Uno de los aspectos más extraños del asunto Fulcanelli es el papel desempeñado por Eugène Canseliet.

Durante toda su vida insistió en que había sido el «redactor» de las obras de su maestro. La explicación habitual es que simplemente corrigió los manuscritos o los preparó para la imprenta. Sin embargo, esta explicación deja demasiadas preguntas sin respuesta. ¿Qué necesidad tenía Fulcanelli de recurrir a otra persona para redactar unos textos cuya gramática precisa es tan importante? ¿Qué podría hacer Canseliet con tan solo 26 años que no pudiera hacer él?

Existe una explicación mucho más sencilla: Canseliet no actuó como mero redactor, sino como traductor.

Las propias obras de Fulcanelli conservan algunos errores que parecen proceder precisamente de ese proceso de traducción. Dos ejemplos son especialmente significativos.

La araña que dejó de ser araña

En Le Mystère des Cathédrales, al comentar la famosa araña alquímica, Fulcanelli escribe:

Ariane est une forme d’airagne (araignée), par métathèse de l’i. En espagnol, ñ se prononce gn; aracnh (araignée, airagne ) peut donc se lire arahné, arahni, arahgne. 

La observación resulta sorprendente. ¿Por qué introducir de repente una explicación sobre la pronunciación española de la letra ñ? Porque en ningún momento anterior se utiliza la grafía “ñ” española ni se hace siquiera alusión a ninguna referencia en ese idioma.

La respuesta es evidente; en el texto original aparecía en algún momento la palabra en español, lo que requería una aclaración si se piensa que el libro va a leerse por un público francés. Pero entonces, ¿por qué no se respetó el manuscrito, como es lo acostumbrado cuando hay inserciones de palabras en distinto idioma que el conjunto del texto? ¿por qué se tradujo al francés esa palabra, araña, que debería haber sido un caso singular y mantenerse con su grafía?

Pues la única posible razón es que… no era un caso singular. Es decir, en el original debía haber con cierta frecuencia palabras españolas (en el límite podríamos pensar en el texto completo en español); y, por lo tanto, la palabra “araña” no constituía un caso singular y se tradujo al francés como otras palabras españolas que aparecían en el texto. 

Si Fulcanelli había escrito «araña», la explicación tenía pleno sentido. Al pasar el texto al francés, Canseliet tradujo la palabra por araignée (o por la forma antigua airagnée utilizada por Fulcanelli), pero dejó intacta la explicación fonética referente a la ñ española.

El resultado es un pasaje que conserva el rastro del original. Lo que inicialmente era una explicación natural se convierte en una observación extraña e innecesaria para un lector francés.

El extraño caso de la arena

La segunda evidencia aparece en Les Demeures Philosophales.

Fulcanelli describe la incubación del huevo filosófico mediante el siguiente texto:

        ...l'Athanor est agencé de manière à recevoir une écuelle de terre ou de métal appelée nid ou arène            parce que l'œuf y est soumis à incubation dans le sable chaud (latin, arena, sable). 

Aquí aparece una anomalía todavía más evidente.

La aclaración entre paréntesis pretende establecer una relación lingüística entre arena y sable. Sin embargo, dicha relación no existe. Si el razonamiento fuese correcto debería decir algo semejante a (latin, sablum, sable) o (latin, arena, arène), pero no (latin, arena, sable).

La frase resulta absurda desde el punto de vista etimológico.

La explicación surge cuando reconstruimos el probable texto original:

...dans l'arena chaud (latin, arena, arène).

En español, arena significa precisamente lo que en francés se expresa mediante sable. Y como en latín se escribe de la misma forma que en español, arena, Canseliet la habría confundido con otro término en español, sustituyéndola por su equivalente francés, sable. Y para que guardara relación con ese término, cambió igualmente la palabra entre paréntesis arène por sable

Al hacerlo, no solo destruyó el juego lingüístico que Fulcanelli estaba construyendo alrededor de los significados de la palabra francesa arène como redondel, ruedo, arenal o circo, sino que la aclaración del latín perdió también su sentido.

El comentario etimológico sobrevivió parcialmente a la traducción, pero ya sin coherencia.

Nos encontramos exactamente ante el mismo fenómeno que en el caso de la araña: una traducción correcta desde el punto de vista literal, pero que rompe un razonamiento que solo funcionaba en la lengua original.

Una conclusión inevitable

Los dos ejemplos presentan la misma estructura.

En ambos casos aparece una anomalía lingüística difícil de justificar en un autor francés que escribe directamente en francés.

En ambos casos la anomalía desaparece inmediatamente cuando se supone la existencia de un original español.

Y en ambos casos el error sólo puede explicarse por la intervención de una persona que traduce el texto de una lengua a otra.

Cada ejemplo podría considerarse una prueba. Juntos constituyen un hecho.

No estamos ante simples correcciones de estilo, ni ante una labor editorial convencional. Lo que revelan estos pasajes es que Canseliet estaba transformando un texto redactado originalmente con palabras y giros españoles para adaptarlo al francés.

La conclusión es inequívoca: Canseliet fue el traductor de Fulcanelli, un autor que, como mínimo, no tenía un perfecto dominio del francés, al no ser su lengua de expresión habitual, sino que estaba más acostumbrado al uso del español, del que introducía con frecuencia palabras y expresiones. 

No se trata de una posibilidad entre otras. Es la única explicación capaz de dar sentido simultáneamente a estos errores, al extraño papel de «redactor» que siempre reivindicó Canseliet y a los numerosos indicios de hispanidad que aparecen dispersos por toda la obra fulcanelliana.

Por último, esto coincide perfectamente con el relato que nos dejó Canseliet de la familia de Fulcanelli en Sevilla; 

        ... una familia en que se hablaba francés, pero anticuado y con mezcla de términos españoles

Esta línea también le da sentido a la enigmática frase “nadie es profeta en su país”, con la que Canseliet se refiere a Fulcanelli en el prólogo a El Misterio de las Catedrales y que ahora vemos muy concordante con un autor de origen español.

O cuando Canseliet rememora una advertencia que le hizo su maestro:

        Vendrá el tiempo, hijo mío, en que no podrás trabajar más en alquimia y deberás encontrar una            región rara y bendita, privilegiada sin duda, situada al sur, más allá de nuestras fronteras.

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