Hay portadas que ilustran un libro, y hay otras que parecen decir algo que el texto calla. La de Aspects de l’Alchimie Traditionnelle,
publicado en 1953 por René Alleau, pertenece claramente a este segundo grupo.
La imagen elegida —Finis Gloriae Mundi, de
Juan de Valdés Leal, conservado en el Hospital de la Caridad de Sevilla— no
guarda una relación directa con el contenido del libro, ni siquiera tangencial.
No se analiza el cuadro, no se estudia su simbolismo, no se menciona su
contexto sevillano. Y, sin embargo, preside la obra con una fuerza casi
desafiante, como si reclamara una explicación que nunca llega.
Esta discordancia no puede considerarse un
simple capricho estético. El cuadro de Valdés Leal no es una alegoría piadosa
ni una imagen decorativa: es una representación brutal de la corrupción final,
de la descomposición de toda grandeza humana, de la putrefacción como tránsito
necesario. Una imagen inequívoca. Que aparezca en la
portada de un libro que no la comenta exige, como mínimo, una explicación
externa al propio texto.
Esa explicación comienza a perfilarse cuando
se recuerda que René Alleau no era un autor independiente del círculo de Eugène
Canseliet. Muy al contrario: fue el propio Canseliet quien escribió el prólogo
de Aspects de l’Alchimie Traditionnelle,
y ambos mantenían una relación cercana en esos años. Todo indica que la
elección de la portada no nació de una reflexión editorial autónoma, sino de
una conversación previa, de una
confidencia compartida en un ámbito restringido. Una información transmitida
con demasiada ligereza, quizá sin prever que acabaría cristalizando en una
imagen pública.
El propio Canseliet reprochó más tarde a Alleau el uso de esa portada, lo que refuerza la impresión de que no se trató de una decisión plenamente deliberada. Más bien parece un desliz, una revelación adelantada de algo que no debía mostrarse aún, o quizá nunca. Y es aquí donde la portada comienza a cobrar un significado inquietante.
Canseliet afirmó en varias ocasiones que
Fulcanelli había proyectado un tercer libro, distinto de El misterio de las catedrales y Las moradas filosofales, un libro de carácter escatológico
que habría de titularse precisamente Finis
Gloriae Mundi. Ese libro nunca se publicó. No llegó a tomar forma
definitiva y sólo habría sobrevivido en fragmentos dispersos, incorporados más
tarde, de manera irregular, a las reediciones de las obras anteriores. El
título, sin embargo, persistió. Y la imagen también.
A comienzos de la década de 1950, Canseliet
realiza un viaje a España, y Sevilla ocupa en él un lugar central. A partir de
ese momento, su discurso sobre Fulcanelli cambia de forma perceptible. Aparecen
referencias nuevas, se reactivan temas que habían permanecido en silencio
durante décadas y, sobre todo, se insiste con una intensidad desconocida hasta
entonces en el Hospital de la Caridad y en las pinturas de Valdés Leal. No como
simples ejemplos artísticos, sino como imágenes cargadas de un significado
último, vinculadas al destino final del mundo y del hombre.
Es en ese clima, inmediatamente posterior al
viaje, cuando la portada de Aspects de
l’Alchimie Traditionnelle ve la luz. No como ilustración de un texto, sino
como eco visible de una historia
incompleta, de un libro que no llegó a escribirse y que, sin embargo,
parecía reclamar su lugar. La imagen de Finis
Gloriae Mundi no estaría entonces donde debería, sino donde pudo. No en el
libro de Fulcanelli, inexistente, sino en el de un amigo al que se le dijo algo
de más.
Así, la portada deja de ser un ornamento para
convertirse en una huella. No explica nada, pero señala una ausencia. No
desarrolla un tema, pero lo anuncia. Y su mera presencia sugiere que, en
ocasiones, la verdad no se transmite en los textos concluidos, sino en los
errores, en las indiscreciones, en aquello que se muestra sin haber sido del
todo pensado.
Porque hay libros que nunca se escriben, pero dejan rastro. Y a veces, ese rastro es una imagen colocada en el lugar equivocado.
Hola Enrique. En 1989 con motivo del centenario del nacimiento de Eugene Canseliet se celebró un congreso con ponentes alquimistas
ResponderEliminarde renombre en París. Yo asistí con mi esposa. La hija de Canseliet estuvo como invitada de honor. Expresó su malestar por que justo en esas fechas del Congreso se publicó el pseudo finis gloriae mundi, aprovechándose de la publicidad del congreso. Dijo que ese libro era falso, que sospechaba de su autor y que su padre puso un día el auténtico Finis Gloria Mundi entre sus piernas y lo pudo ojear y que no tenía nada que ver con el libro publicado. Saludos. Luis Silva.
Gracias Luis. Ya te había escuchado esa historia en alguna de tus conferencias que tanto aprecio. El propio Canseliet comentó en alguna ocasión, como en la entrevista con Robert Amadou, que él tuvo el Finis Gloriae Mundi en sus manos pero que Fulcanelli se lo retiró.
ResponderEliminarRealmente pienso que esa obra nunca se terminó. Lo que había escrito y a lo que tanto Canseliet como su hija hacen referencia, son los pocos capítulos añadidos en las segundas ediciones de las obras, así como los títulos de los capítulos que encontró Jean Laplace en la vivienda de Canseliet tras su fallecimiento. Si hubo algo más escrito, Fulcanelli debió guardarlo. Trascribo el final del libro de mi padre en referencia a esa tercera proyectada obra:
"O tal vez si, si lo que detuvo su pluma fue precisamente lo terrible de lo que debía escribir".