Desde la aparición de El Misterio de las Catedrales, una de las cuestiones que más interés ha despertado entre investigadores y aficionados al hermetismo ha sido el significado del nombre Fulcanelli. La explicación más difundida sostiene que se trataría de una contracción de Vulcan y Helios, es decir, de los nombres del dios romano y del dios griego asociados al fuego y al sol.
A primera vista, la interpretación parece razonable. El término Vulcan encaja perfectamente en el universo simbólico de la alquimia, donde el fuego constituye el agente esencial de toda transformación. Sin embargo, la segunda parte de la explicación presenta algunos problemas. Por un lado, Helios aporta una idea que en gran medida ya se encuentra implícita en Vulcan: ambos remiten al mismo simbolismo ígneo y solar. Por otro, la presencia fonética de Helios resulta difícil de advertir en la forma final del pseudónimo. Como ya señalaba mi padre en el primer libro de esta investigación, la etimología tradicional parece más una construcción posterior destinada a justificar el nombre que una explicación convincente de su verdadero origen.
Pero hay además una cuestión de fondo. Quien haya leído atentamente la obra de Fulcanelli sabe que nos encontramos ante un autor obsesionado con la cábala fonética, los dobles sentidos, los desplazamientos lingüísticos y las claves ocultas en las palabras. Todo en sus libros responde a ese método. Resultaría extraño que precisamente el nombre con el que decidió firmar sus obras constituyera una excepción. Cabe esperar que el pseudónimo encierre una información más rica que una simple referencia al fuego filosófico.
Si tomamos como punto de partida ese evidente Vulcan o Fulcan, hay un detalle que llama inmediatamente la atención: la terminación del nombre posee una marcada sonoridad italiana. No parece un accidente. De hecho, en la onomástica italiana existen numerosos apellidos construidos a partir de un lugar de procedencia. Los Lombardi son los originarios de Lombardía; los Calabresi, de Calabria; los Genovesi, de Génova; los Napolitani, de Nápoles; los Romani, de Roma; o los Fiorentini, de Florencia. En todos estos casos, el apellido identifica a una persona por su lugar de origen o por la tierra de la que procede.
¿Cuál podría ser ese lugar?
La respuesta surge al examinar la hipótesis que identifica a Fulcanelli con S.A.R. Don Carlos de Borbón-Dos Sicilias. Como es sabido, el príncipe nació en Bolzano, ciudad situada en el Tirol meridional. La propia historia de la región resulta particularmente interesante. Si ahondamos en la etimología de Bozen o Bolzano, vemos que estos nombres derivan del término Volcae, acuñado por Julio César para los pueblos de origen celta que vivían en las fronteras germánicas, caso de la región que nos ocupa.
La coincidencia resulta sugestiva. El elemento Volca- o Vulca- permitiría construir un término que conservaría simultáneamente una referencia histórica, geográfica y simbólica, algo mucho más acorde con la mentalidad de un autor habituado a superponer varios niveles de significado en una misma palabra.
Pero la cuestión adquiere una dimensión aún más interesante cuando se observa la situación familiar de Don Carlos. Entre los doce hijos de Alfonso de Borbón-Dos Sicilias y María Antonieta de Borbón-Dos Sicilias, Carlos fue el único que nació en Bolzano. Este hecho lo convertía en una excepción dentro de la familia y proporcionaba un rasgo distintivo evidente respecto a sus hermanos.
En las familias aristocráticas europeas era frecuente el empleo de apelativos familiares destinados a diferenciar a personas que compartían nombres, títulos y parentescos muy similares. No resulta extraño imaginar que el único hijo nacido en Bolzano pudiera recibir una denominación derivada de ese hecho singular, Bolzaneli. Un sobrenombre de uso privado, vinculado a su lugar de nacimiento, habría servido para identificarlo dentro del círculo familiar de forma inmediata.
Si esta hipótesis es correcta, el pseudónimo Fulcanelli dejaría de ser una mera construcción erudita basada en Vulcan y Helios para convertirse en algo mucho más personal: una transformación cabalística de un apelativo ligado a su propio origen. Un nombre capaz de ocultar su identidad al gran público y, al mismo tiempo, conservar una huella de ella para quien supiera dónde buscar.
Y eso encaja perfectamente con la lógica de toda su obra. Porque Fulcanelli nunca ocultó sus secretos suprimiéndolos. Los ocultó colocándolos a la vista de todos, disfrazados bajo símbolos y significados superpuestos. Quizá su propio nombre no fuera una excepción. Quizá, como tantas otras veces, la respuesta haya estado siempre escrita delante de nosotros.
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