Los escritos de Eugène Canseliet han sido, desde siempre, la brújula silenciosa para todo aquel que se ha atrevido a explorar el misterio insondable de Fulcanelli. Más que un discípulo, Canseliet fue el custodio fiel de un enigma que trascendía al hombre. Dedicó su existencia, en lo profesional y lo íntimo, a preservar la sombra de su maestro. Cada artículo, cada entrevista, cada línea que firmó llevaba, a menudo disfrazada, una alusión cifrada, una pista apenas perceptible sobre Fulcanelli. Nunca reveló su identidad, pero alimentó el fuego de los curiosos. Geneviève Dubois lo llamó, con justicia, “el guardián del mito”.
Aunque algunos celebran su obra como alquimista, el
verdadero valor de su legado reside en los en los deslices premeditados que
dejó sobre Fulcanelli... y que fueron muy bien disimulados. Pero hubo una pista
que Canseliet pareció querer llevarse más allá de la muerte.
En la lápida que corona su sepultura, tanto en el frontal
como en el lateral, mandó grabar con inquietante exactitud el lema: IN HOC
SIGNO VINCES, acompañado por la enigmática cruz. Desde el primer momento en
que tuve conocimiento de este detalle, supe que no era un simple homenaje
cristiano: era una clave. La clave final. La última pieza del rompecabezas
Fulcanelli, cuidadosamente colocada por el propio Canseliet para quien supiera
mirar.
Pero no acaba ahí. En 1982, en un número especial de la
revista Atlantis dedicado a la memoria de Canseliet (n.º 322), el investigador
Lucien Gérardin publicó una ilustración titulada Le labarum de Constantin.
El dibujo, encargado por el propio Fulcanelli al enigmático ilustrador J.
Champagne, representaba el Lábaro de Constantino tal como aparecía en un
bajorrelieve de un sarcófago cretense. Lo curioso es que ese relieve estaba
prácticamente borrado por el tiempo. ¿Por qué elegir una representación tan
deteriorada, existiendo otras más completas y detalladas? ¿Qué vio Fulcanelli
en esa piedra erosionada por los siglos que no pudo hallar en ninguna otra?
La respuesta, como en todo buen misterio, está en lo que no
se dice. Aquel sarcófago, según la tradición, pertenecía a Constantino II,
hijo de Constantino el Grande. No era cualquier hijo: fue el único de los tres
a quien su padre nombró Gran Maestre de la Sacra y Militar Orden Constantiniana
de San Jorge, protectores milenarios del Lábaro.
Y de Constantino II, tras 1700 años de sucesión del Gran
Maestrazgo por primogenitura, llegó hasta el propio Fulcanelli.
¿Fantástico? Tal vez. Pero si buscan en el listado oficial
de Grandes Maestres de la Orden Constantiniana… presten atención al nombre que
figura en la época de Fulcanelli.
El mito no ha muerto. Solo se ha escondido.
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