sábado, 12 de abril de 2025

Le labarum de Constantin

Los escritos de Eugène Canseliet han sido, desde siempre, la brújula silenciosa para todo aquel que se ha atrevido a explorar el misterio insondable de Fulcanelli. Más que un discípulo, Canseliet fue el custodio fiel de un enigma que trascendía al hombre. Dedicó su existencia, en lo profesional y lo íntimo, a preservar la sombra de su maestro. Cada artículo, cada entrevista, cada línea que firmó llevaba, a menudo disfrazada, una alusión cifrada, una pista apenas perceptible sobre Fulcanelli. Nunca reveló su identidad, pero alimentó el fuego de los curiosos. Geneviève Dubois lo llamó, con justicia, “el guardián del mito”.

Aunque algunos celebran su obra como alquimista, el verdadero valor de su legado reside en los en los deslices premeditados que dejó sobre Fulcanelli... y que fueron muy bien disimulados. Pero hubo una pista que Canseliet pareció querer llevarse más allá de la muerte.

En la lápida que corona su sepultura, tanto en el frontal como en el lateral, mandó grabar con inquietante exactitud el lema: IN HOC SIGNO VINCES, acompañado por la enigmática cruz. Desde el primer momento en que tuve conocimiento de este detalle, supe que no era un simple homenaje cristiano: era una clave. La clave final. La última pieza del rompecabezas Fulcanelli, cuidadosamente colocada por el propio Canseliet para quien supiera mirar.


Y entonces, como si el velo del tiempo comenzara a rasgarse, la respuesta comenzó a manifestarse. Fulcanelli ya había mencionado este emblema del lábaro de Constantino en El misterio de las catedrales y Las moradas filosofales, pero no fue sino hasta su obra más esquiva, la nunca publicada Finis Gloriae Mundi, que el símbolo adquirió protagonismo. En el dosier revelado por la hija de Canseliet y el investigador Jean Laplace se encuentra el título de uno de los capítulos: “Le labarum de Constantin”.

Pero no acaba ahí. En 1982, en un número especial de la revista Atlantis dedicado a la memoria de Canseliet (n.º 322), el investigador Lucien Gérardin publicó una ilustración titulada Le labarum de Constantin. El dibujo, encargado por el propio Fulcanelli al enigmático ilustrador J. Champagne, representaba el Lábaro de Constantino tal como aparecía en un bajorrelieve de un sarcófago cretense. Lo curioso es que ese relieve estaba prácticamente borrado por el tiempo. ¿Por qué elegir una representación tan deteriorada, existiendo otras más completas y detalladas? ¿Qué vio Fulcanelli en esa piedra erosionada por los siglos que no pudo hallar en ninguna otra?



La respuesta, como en todo buen misterio, está en lo que no se dice. Aquel sarcófago, según la tradición, pertenecía a Constantino II, hijo de Constantino el Grande. No era cualquier hijo: fue el único de los tres a quien su padre nombró Gran Maestre de la Sacra y Militar Orden Constantiniana de San Jorge, protectores milenarios del Lábaro.

Y de Constantino II, tras 1700 años de sucesión del Gran Maestrazgo por primogenitura, llegó hasta el propio Fulcanelli.

¿Fantástico? Tal vez. Pero si buscan en el listado oficial de Grandes Maestres de la Orden Constantiniana… presten atención al nombre que figura en la época de Fulcanelli.

El mito no ha muerto. Solo se ha escondido.

martes, 8 de abril de 2025

Cinco bolas y un misterio

Gracias a un dosier encontrado en la vivienda de Canseliet, que fue recogido por su propia hija y por su discípulo Jean Laplace, tenemos los títulos de los capítulos que iban a conformar la obra final de Fulcanelli, Finis Gloriae Mundi, y cuyo desarrollo lamentablemente dejó en el tintero al fallecer. Capítulos claramente relacionados con la última morada del alquimista, Sevilla, destino de Canseliet en su encuentro con su maestro en la década de los 50. Estos títulos vinieron acompañados de una serie de fotografías que claramente debían ser usados por Champagne para dibujar las láminas que ilustrarían la obra.

Pero en el dosier también se encontró otro documento solitario, que no guardaba relación alguna con los títulos escritos. Un último vestigio cuya descripción despierta interrogantes inquietantes. Según el testimonio de la hija de Canseliet y Jean Laplace, el documento consistía en una fotografía sellada con tinta violeta, marcada con la inscripción D4, representando una cruz de piedra con cinco bolas. Un objeto insólito, poco común en el imaginario arquitectónico europeo. Si buscamos en España, Francia y países limítrofes, encontramos una sola candidata: la cruz de piedra de cinco bolas en Málaga, un monumento envuelto en un misterio que el tiempo no ha conseguido disipar.

La cruz en cuestión se yergue junto a una puerta lateral de la Iglesia de San Juan Bautista, una de las parroquias fundadas por los Reyes Católicos tras la reconquista de la ciudad. Esta ubicación da entrada a un pequeño callejón, la Calle de las Cinco Bolas, que inicialmente no tenía salida y solo daba acceso a determinados edificios aledaños a la iglesia.

La cruz misma, con sus enigmáticos colores y formas, ha sido un rompecabezas para los historiadores, incapaces de descifrar su verdadero origen y significado. Símbolo turístico de la ciudad, la cruz se conforma como un gran misterio local.


La teoría más aceptada, expuesta por Rafael Verdier en su estudio de 1973, Cinco bolas y un misterio, sostiene que estas bolas de colores en forma de cruz griega representan el cirio pascual, el cual tradicionalmente siempre ha llevado cinco bolas en forma de cruz sobre el cuerpo, compuestas de cera e incienso, y que servían para dar el aroma característico en la noche del Sábado Santo. 


Pero si Carlos-Fulcanelli se interesó en esta cruz, ¿qué quería decirnos? ¿Vio en los colores de las bolas una representación de las etapas de la Gran Obra alquímica? ¿Buscaba una conexión con el cirio pascual y su relación con las columnas de cera de Constantino?

No tenemos respuestas, solo la certeza de que Carlos de Borbón, durante su estancia en Sevilla, se sintió atraído por misterios cercanos: el Hospital de la Caridad, Don Miguel de Mañara, las obras de Valdés Leal como el Finis Gloriae Mundi e In Intu Oculi, y, por último, la enigmática cruz de piedra de cinco bolas en Málaga. Documentos confirman sus numerosas visitas a la ciudad, incluyendo estancias en 1924, 1926, 1927 y 1930, lo que refuerza la hipótesis de su interés en este símbolo enigmático.

El misterio persiste. La cruz sigue allí, testigo silente de una historia no contada, esperando quizás que alguien descifre su verdadero mensaje.




domingo, 6 de abril de 2025

Hacienda Vera Cruz

 

A finales de 2024, cuando daba los últimos retoques a la segunda revisión de mi libro, un reportero de renombre contactó con mi padre y conmigo. Quería hablar sobre nuestra investigación en torno a la identidad de Fulcanelli y, entre los temas que surgieron, nos instó a indagar en un lugar del que apenas se sabía nada: un cortijo en Carmona, Sevilla, mencionado por Patrick Rivière, discípulo de Eugène Canseliet, y del que publicó dos fotografías.


Nuestra primera reacción fue escéptica. Rivière nunca nos pareció un investigador serio; su teoría de que Fulcanelli era Jules Violle se basaba en encajes forzados y evidencias débiles. Sin embargo, nunca fue deshonesto en sus escritos, y si esta pista no aportaba nada a su propia teoría, ¿por qué la mencionaría? Algo en esa información nos llevó a darle una oportunidad.

Tras una búsqueda exhaustiva, logramos identificar el cortijo de las misteriosas fotografías: la Hacienda Vera Cruz. Su propietaria actual, Cristina, confirmó sin dudarlo que las imágenes correspondían a su finca, cuyos muros y ventanas permanecen intactos, y que incluso la plantación de naranjos sigue en pie, aunque abandonada. Hasta aquí, todo parecía una simple anécdota. Sin embargo, al investigar la historia de la hacienda, descubrimos que había pertenecido a figuras de la aristocracia española con conexiones directas con la familia real y, más importante aún, con Carlos de Borbón-Dos Sicilias.

La hacienda fue fundada por los Marqueses de Saltillo y más tarde pasó a manos del Convento de Santa Catalina de Sena. Pero lo que más nos llamó la atención fue una de sus arrendatarias: la V Marquesa de Miraflores, Genoveva de Samaniego y Pando (1841-1926), quien residió en la Hacienda junto a su familia en los años que nos ocupan. Su linaje estaba estrechamente ligado a la monarquía española. Su hermano, Honorio, IV Marqués de Miraflores, fue primer montero del rey Alfonso XIII y caballero del Toisón de Oro, mientras que su esposa, Filomena, fue dama de las reinas Mercedes, María Cristina y Victoria Eugenia.

Genoveva, nacida en París y vinculada a la alta sociedad europea, también fue dama de honor de María Cristina y Victoria Eugenia. Su esposo, Alonso Tomás Álvarez de Toledo y Silva, pertenecía a una de las principales familias de la Grandeza de España. De sus hijos, que siguieron disfrutando de la hacienda, nos encontramos a Pedro de Alcántara Álvarez de Toledo y Samaniego, coronel de Caballería de Húsares de la Princesa y caballero de Calatrava, con un puesto en la Cámara de Alfonso XIII. Y el segundo hijo, Manuel Álvarez de Toledo y Samaniego, diplomático y consejero de Estado, estuvo aún más cerca de la realeza: fue jefe de la Casa de los infantes Don Fernando y Doña María Teresa, hermanos de Alfonso XIII, y se le vio en numerosas ocasiones junto al rey y a Carlos de Borbón-Dos Sicilias.

Canseliet había mencionado que, en su estancia en Sevilla, había residido tanto en la ciudad como en las afueras. Siempre supusimos que se refería al Palacio de Villamanrique de la Condesa, pero ¿y si también hablaba de la Hacienda Vera Cruz? Las fotografías que Rivière no pudo explicar parecen apuntar en esta dirección. La estrecha relación entre la familia Álvarez de Toledo y Carlos de Borbón-Dos Sicilias abre una posibilidad inesperada: ¿podríamos estar ante uno de los enigmáticos hermanos de Heliópolis?

El rastro de un libro inexistente

Hay portadas que ilustran un libro, y hay otras que parecen decir algo que el texto calla . La de Aspects de l’Alchimie Traditionnelle , pub...