domingo, 1 de junio de 2025

El verdadero iniciador de Fulcanelli

La carta sin firma: el iniciador secreto de Fulcanelli

En agosto de 1957, Eugène Canseliet incluyó en el prólogo de la segunda edición de El misterio de las catedrales una carta que durante décadas ha fascinado a los estudiosos del esoterismo. Según Canseliet, se trata de una misiva hallada entre los papeles personales de Fulcanelli, cuidadosamente guardada durante años y, según él, escrita por el verdadero iniciador del Maestro.

            Mon vieil ami,

Cette fois, vous avez eu vraiment le don de dieu ; c’est une grande Grâce, et pour la première fois, je comprends combien cette faveur est rare.

Pero hay un detalle inquietante: la carta no está firmada. Canseliet asegura que la rúbrica fue raspada. Tampoco hay nombre alguno del destinatario, aunque deja entrever que fue Fulcanelli quien la recibió. El texto, impregnado de afecto y cierta melancolía, está dirigido a un “viejo amigo”, y es allí donde comienza el misterio.

Una relación que no encaja

Quien escribe la carta parece hallarse en una posición vulnerable. Habla de pruebas, de dificultades personales, y expresa una profunda gratitud hacia su interlocutor por su ayuda desinteresada. Difícilmente se diría que se trata de un maestro escribiéndole a su discípulo. Más bien, parece al revés: una figura debilitada agradeciendo a alguien por su caridad y su cercanía.

… ha recibido usted verdaderamente el don de Dios, es una Gracia grande, y, por primera vez, comprendo la rareza de este favor.

Ha llevado usted su generosidad hasta el punto de asociarnos a este alto y oculto conocimiento que le pertenece de pleno derecho y de un modo absolutamente personal. Mejor que nadie, comprendemos todo su precio, y, también mejor que nadie, somos capaces de guardarle por ello eterno reconocimiento.

… jamás podré traducir en palabras la gran alegría que experimentamos y toda la gratitud que sentimos hacia usted en el fondo de nuestro corazón.

Sin embargo, Canseliet insiste en que esta persona fue el verdadero iniciador de Fulcanelli, afirmando que la relación entre ambos fue una transmisión oral, de maestro a discípulo, durante la vida terrenal del remitente.

¿Quién fue, entonces, ese personaje en la sombra, guardián de la enseñanza secreta que condujo al alquimista más enigmático del siglo XX a la revelación?

Ecos de una mujer vidente

Un detalle aparentemente menor abre una puerta inesperada: el autor de la carta menciona un sueño premonitorio de su esposa.

Mi mujer, con la inexplicable intuición de los seres sensibles, había tenido un sueño verdaderamente extraño. Había visto a un hombre …

Una simple línea cargada de implicaciones. Porque se sabe que una figura cercana a los círculos herméticos de París tenía precisamente a su lado a una mujer dotada de clarividencia, famosa por sus visiones y sueños proféticos: Mademoiselle Charton, esposa de un erudito, librero y ocultista de gran prestigio en su tiempo, hoy casi olvidado.

Ella no solo era conocida por su sensibilidad psíquica, sino que junto a su esposo organizaban reuniones esotéricas, “tardes de iniciación”, donde lo oculto se compartía en voz baja y a puerta cerrada. La presencia de esta mujer en la carta no puede ser una coincidencia.

El eco de una dedicatoria

El objeto de la carta no es otro que el felicitar a su discípulo por haber conseguido el “Don de Dios”, el “Tesoro de los Tesoros”.

            ha recibido usted verdaderamente el don de Dios, …

            … posee usted el Tesoro de los Tesoros, …

Y, propio del estilo de Canseliet, al comienzo de ese mismo prólogo nos da la pista para que sepamos la fecha aproximada de la carta:

Cuando escribió El misterio de las catedrales, en 1922, Fulcanelli no había recibido El don de Dios, pero estaba tan cerca de la Iluminación suprema que …

La carta debió ser escrita poco después de 1922.

De nuevo escuchamos un eco. Como un espejo que refleja otro en una galería infinita, una antigua dedicatoria aparece, casi idéntica en su forma. En un ejemplar numerado de la reedición del Mutus Liber, figura una nota manuscrita dirigida a Fulcanelli, firmada por un personaje clave del mundo hermético parisino. La fecha: 18 de mayo de 1920. El inicio: “À mon vieil et bon ami” (“A mi viejo y buen amigo”).


La carta anónima, escrita pocos años después, comienza con las mismas palabras: “Mon vieil ami”. ¿Casualidad? Lo improbable comienza a alinearse.

Ambos documentos están escritos en un tono similar, con la misma calidez, dirigidos a la misma persona. Sus fechas son próximas, y reflejan no solo una relación personal íntima, sino también una conexión espiritual profunda.

Un sabio en las sombras

El autor de la dedicatoria fue el sabio Pierre Dujols, erudito en ciencias ocultas, citado por Fulcanelli en varias ocasiones en sus obras. Lo llama “sabio filósofo”, “erudito Pierre Dujols” y lo menciona como autoridad en temas herméticos. En realidad, lo cita más de lo que podría parecer en una primera lectura. Y lo hace con respeto y admiración, como quien rinde homenaje a su mentor sin delatarlo.

Este hombre, dueño de una librería esotérica en París, cayó enfermo a comienzos de la segunda década del siglo XX. Para 1921, ya no podía levantarse de la cama. Murió sin haber dejado tratados alquímicos, pero transmitió oralmente su conocimiento a quienes supieron escuchar.

Fulcanelli fue uno de ellos.

El velo del anonimato

¿Por qué no firmó aquella carta? ¿Por qué eliminar su nombre, borrar la pista final? Quizás por el mismo motivo por el cual Fulcanelli decidió ocultar su verdadera identidad: porque en el mundo de lo hermético, la desaparición es parte del camino. Quien sabe lo esencial debe hacerse invisible.

Sin embargo, dejó migas de pan. La firma raspada. Las palabras repetidas. La esposa clarividente. El agradecimiento que revela una historia. Las citas camufladas en los libros. Todo apunta a un solo nombre, a un solo rostro tras el velo.

La figura del iniciador ya no es una sombra sin contorno. Su identidad puede no haber sido revelada en voz alta, pero el lenguaje de los símbolos, las dedicatorias y los silencios lo han dicho ya todo.

Y ahora, quien lee entre líneas, puede oír el eco de su mágica voz: 

Magophon.



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