La carta sin firma: el iniciador secreto de Fulcanelli
En agosto de
1957, Eugène Canseliet incluyó en el prólogo de la segunda edición de El
misterio de las catedrales una carta que durante décadas ha fascinado a los
estudiosos del esoterismo. Según Canseliet, se trata de una misiva hallada
entre los papeles personales de Fulcanelli, cuidadosamente guardada durante
años y, según él, escrita por el verdadero iniciador del Maestro.
Mon
vieil ami,
Cette fois, vous avez eu vraiment le
don de dieu ; c’est une grande Grâce, et pour la première fois, je comprends
combien cette faveur est rare.
…
Pero hay un
detalle inquietante: la carta no está firmada. Canseliet asegura que la rúbrica
fue raspada. Tampoco hay nombre alguno del destinatario, aunque deja entrever
que fue Fulcanelli quien la recibió. El texto, impregnado de afecto y cierta
melancolía, está dirigido a un “viejo amigo”, y es allí donde comienza
el misterio.
Una relación que no encaja
Quien escribe
la carta parece hallarse en una posición vulnerable. Habla de pruebas, de
dificultades personales, y expresa una profunda gratitud hacia su interlocutor
por su ayuda desinteresada. Difícilmente se diría que se trata de un maestro
escribiéndole a su discípulo. Más bien, parece al revés: una figura debilitada
agradeciendo a alguien por su caridad y su cercanía.
… ha recibido usted verdaderamente el don de Dios, es
una Gracia grande, y, por primera vez, comprendo la rareza de este favor.
Ha llevado usted su generosidad hasta el punto de asociarnos
a este alto y oculto conocimiento que le pertenece de pleno derecho y de un
modo absolutamente personal. Mejor que nadie, comprendemos todo su precio, y, también
mejor que nadie, somos capaces de guardarle por ello eterno reconocimiento.
… jamás podré traducir en palabras la gran alegría que
experimentamos y toda la gratitud que sentimos hacia usted en el fondo de
nuestro corazón.
Sin embargo,
Canseliet insiste en que esta persona fue el verdadero iniciador de
Fulcanelli, afirmando que la relación entre ambos fue una transmisión oral,
de maestro a discípulo, durante la vida terrenal del remitente.
¿Quién fue,
entonces, ese personaje en la sombra, guardián de la enseñanza secreta que
condujo al alquimista más enigmático del siglo XX a la revelación?
Ecos de una mujer vidente
Un detalle aparentemente
menor abre una puerta inesperada: el autor de la carta menciona un sueño
premonitorio de su esposa.
Mi mujer, con la inexplicable intuición de los seres
sensibles, había tenido un sueño verdaderamente extraño. Había visto a un hombre
…
Una simple
línea cargada de implicaciones. Porque se sabe que una figura cercana a los
círculos herméticos de París tenía precisamente a su lado a una mujer dotada de
clarividencia, famosa por sus visiones y sueños proféticos: Mademoiselle
Charton, esposa de un erudito, librero y ocultista de gran prestigio en su
tiempo, hoy casi olvidado.
Ella no solo
era conocida por su sensibilidad psíquica, sino que junto a su esposo
organizaban reuniones esotéricas, “tardes de iniciación”, donde lo oculto se
compartía en voz baja y a puerta cerrada. La presencia de esta mujer en la
carta no puede ser una coincidencia.
El eco de una dedicatoria
El objeto de la
carta no es otro que el felicitar a su discípulo por haber conseguido el “Don
de Dios”, el “Tesoro de los Tesoros”.
… ha recibido usted
verdaderamente el don de Dios, …
… posee usted el Tesoro de
los Tesoros, …
Y, propio del
estilo de Canseliet, al comienzo de ese mismo prólogo nos da la pista para que
sepamos la fecha aproximada de la carta:
Cuando escribió El misterio de las catedrales, en
1922, Fulcanelli no había recibido El don de Dios, pero estaba tan cerca de la
Iluminación suprema que …
La carta debió
ser escrita poco después de 1922.
De nuevo
escuchamos un eco. Como un espejo que refleja otro en una galería infinita, una
antigua dedicatoria aparece, casi idéntica en su forma. En un ejemplar numerado
de la reedición del Mutus Liber, figura una nota manuscrita dirigida a
Fulcanelli, firmada por un personaje clave del mundo hermético parisino. La
fecha: 18 de mayo de 1920. El inicio: “À mon vieil et bon ami” (“A mi viejo y
buen amigo”).
La carta
anónima, escrita pocos años después, comienza con las mismas palabras: “Mon
vieil ami”. ¿Casualidad? Lo improbable comienza a alinearse.
Ambos
documentos están escritos en un tono similar, con la misma calidez, dirigidos a
la misma persona. Sus fechas son próximas, y reflejan no solo una relación
personal íntima, sino también una conexión espiritual profunda.
Un sabio en las sombras
El autor de la
dedicatoria fue el sabio Pierre Dujols, erudito en ciencias ocultas,
citado por Fulcanelli en varias ocasiones en sus obras. Lo llama “sabio
filósofo”, “erudito Pierre Dujols” y lo menciona como autoridad en temas
herméticos. En realidad, lo cita más de lo que podría parecer en una primera
lectura. Y lo hace con respeto y admiración, como quien rinde homenaje a su
mentor sin delatarlo.
Este hombre,
dueño de una librería esotérica en París, cayó enfermo a comienzos de la
segunda década del siglo XX. Para 1921, ya no podía levantarse de la cama.
Murió sin haber dejado tratados alquímicos, pero transmitió oralmente su
conocimiento a quienes supieron escuchar.
Fulcanelli fue
uno de ellos.
El velo del anonimato
¿Por qué no
firmó aquella carta? ¿Por qué eliminar su nombre, borrar la pista final? Quizás
por el mismo motivo por el cual Fulcanelli decidió ocultar su verdadera
identidad: porque en el mundo de lo hermético, la desaparición es parte del
camino. Quien sabe lo esencial debe hacerse invisible.
Sin embargo,
dejó migas de pan. La firma raspada. Las palabras repetidas. La esposa clarividente.
El agradecimiento que revela una historia. Las citas camufladas en los libros.
Todo apunta a un solo nombre, a un solo rostro tras el velo.
La figura del
iniciador ya no es una sombra sin contorno. Su identidad puede no haber sido
revelada en voz alta, pero el lenguaje de los símbolos, las dedicatorias y los
silencios lo han dicho ya todo.
Y ahora, quien lee entre líneas, puede oír el eco de su mágica voz:
Magophon.